Un destello de felicidad

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El otro día sentí un destello de felicidad. Intenté atraparlo, pero se me deslizó entre los dedos. Fue mientras preparaba un sandwich -emparedado, que diría mi madre implacable defensora del castellano- de «Nocilla» a mi hija pequeña.
Por eso me acuerdo, por el sandwich alias emparedado, porque, si no, me temo que se habría diluido en esta marea de tristezas que nos envuelven.
Nos acostumbramos a ellas, como nos acostumbramos desde niñas al hambre en África o a ver indigentes en la calle; como nos hemos acostumbrado últimamente a esa tragedia bestial que ha estado sucediendo delante de nuestras narices y que a fuerza de repetirse se ha convertido en una pieza más del paisaje.
Me refiero a los desahucios que son ya miles y que han volatilizado todo tipo de esperanzas.
No me imagino en la piel de una mujer de mi edad, con hijos en edad escolar como tengo yo, ante la tesitura de un desahucio.
Incorporamos los desahucios al panorama nacional y se convirtieron en estadísticas: van doscientos, van mil, que van no sé cuántos mil….
Sólo grupos de ciudadanos y los medios de comunicación mantuvieron el drama a la vista hasta que Amaia se suicidó y a todos se nos abrieron las carnes.
Al Gobierno le entraron las prisas y -qué ridículo- en dos días ha pretendido poner un parche, que es tan pequeño que me da a mí que no tapa ni media herida.
Este estado del bienestar se está cayendo a pedazos como un castillo de naipes y no hay manifestación ni huelga que lo pare. Ya lo dijo la vicepresidenta: ellos saben lo que hay que hacer y para eso les votaron.
Ahora el temor es que esto vaya a más: Que la democracia se nos escurra entre los dedos como mi destello de felicidad.

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