La nueva

En mi pequeño círculo de amistades eternas pasamos unos días de preocupación por el estado de dos de nuestros retoños. sometidos a una prueba que no fue moco de pavo. Ya se sabe que todo es según el color del cristal con que se mira y que lo que para tí es una tontería, puede ser tremendo para el que tienes a tu lado.
Como madres que somos pecamos de protectoras y tendemos a querer que nuestros retoños no sufran ni de refilón; lo que, por otra parte y así lo reconocemos también, no es nada bueno a la larga. Pero somos así, ¿qué le vamos a hacer?
La historia no tiene misterio ni es algo que no ocurra todos los días, pero como me dijo una señora que entrevisté hace algún tiempo: «Mi niña, hay que pasarlo». El problema es universal y se resume con estas palabras: «ser el nuevo o la nueva».
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A no ser que una tenga un gran desparpajo o sea un poco inconsciente, ser la nueva en cualquier situación de la vida suele ser un momento difícil para la mayoría. Más si se tiene menos de 15 y los que te miran con extrañeza son más o menos de tu edad, además son varios y, encima, se conocen entre ellos.
Ser nuevo en el trabajo, en un colegio o en el equipo es una situación que entronca con la costumbre, mala costumbre, de dejarse llevar por las apariencias. Yo lo he pasado muy mal en alguna ocasión en la que me ha tocado ser la nueva, aunque ésa es otra de las debilidades que se van superando con los años.
Ya no me afecta tanto ser la nueva -aunque me afecta-, porque creo que he aprendido de la experiencia. De ser la nueva aprendí a coger el toro por los cuernos y de pertenecer al grupo de los antiguos creo que he desarrollado, o al menos lo intento, algo de sensibilidad para tratar de amparar al que sufre por ser novedad.
Pero la piedra en la que vuelvo a tropezar una y otra vez y no hay manera es la de las falsas apariencias. Mira que he recibido más de mil lecciones de esta clase y no aprendo, no aprendo. La última lección la recibí en una cabina de baño turco. Como el vapor era tan intenso, no veía con quien estaba hablando y pude descubrir lo falsas que son las apariencias a veces.
Sucedió hace un par de semanas y resultó ser una conversación muy agradable y también amena, -no hay nada más aburrido que un baño turco en solitario-. Pero no le vi la cara a mi interlocutora hasta que salimos de la cabina y resultó que era una mujer a la que yo conocía de vista y tenía ya catalogada. Mal catalogada.
¡Ah! y los dos retoños superaron pronto la novedad, como cabía esperar.
(Entrada a un auténtico baño turco, en una foto de morguefile)

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