El calor de lo cotidiano

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Vivo en el barrio donde nací y disfruto mucho de esta circunstancia. Tengo vecinas a las que cuento mi vida y otras que me traen limones.  A algunas personas las conozco desde hace tanto que las confundo con el paisaje, o son amistades heredadas porque ya lo fueron de  alguien de mi familia y tienen la misma pátina .

Otras son adquisiciones de los últimos años, hechas, como todas las amistades, a base de coincidencias: en la esquina, en la tienda o en una opinión sobre un dilema que surgió de pronto en una acera.

Hay calles de la ciudad que son una extensión del salón de mi casa, cotidianas y domésticas, tan familiares como las tazas del desayuno. Me siento bien cuando paseo por ellas sobre todo por las personas que encuentro y saludo con afecto.  Porque las conozco y me conocen, porque no somos extraños: tenemos tanto en común.

Me pregunto cómo me sentiría si, de repente, tuviera que dejarlo todo, agarrar a mis hijas, poner cuatro cosas en una mochila y huir de mi país para salvar la vida. Convertirnos en refugiadas, pagar a un traficante de personas, dormir al raso o pasar la noche en alta mar a bordo de una patera atestada; que nos repelan con gases lacrimógenos, que mis hijas tengan que correr con una multitud desesperada, que pasen frío, que no nos quieran …

2 Comentarios

  1. ELIA
    | Responder

    Que alegria que vuelva Virtualario ……….Como me gusta lo bien que lo dices , que tristeza , que imagenes , que injusticia , que horror ……….Por Dios que hagan algo aquellos que tienen poder .

    • angeles
      | Responder

      Muchas gracias Elia, y sí, un horror

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