Elogio de la ciudad manejable

Siempre he creído que una de las virtudes de una ciudad pequeña -la mía, desgraciadamente, ya no lo es tanto- es que permite mantener relaciones que son imposibles en urbes más pobladas.
Siempre recuerdo una anécdota que viví en París hace ya algunos años, en casa de una canaria casada con un parisino. Ella llevaba poco tiempo en la capital francesa cuando yo fui a visitarla, por lo que le sonó tan extraño como a mí, que la esposa de un amigo de su pareja la citara para una cena ¡con tres meses de antelación!
Cuando colgó el teléfono, después de consultar una agenda inexistente y comprometer la cita para fecha tan lejana, las dos nos reímos con nuestra mejor cara de catetillas.
La gran posibilidad de intercambio social es una de las razones por las que merece la pena vivir en ciudades manejables como es o era Las Palmas de Gran Canaria.
No tienes que quedar con tres meses de antelación para ver a un amigo; incluso no tienes ni que quedar. Porque hay veces, como me ocurrió a mí ayer, que se para una moto a tu lado, la pareja que va en ella se quita el casco y resulta que son tus queridísimos amigos M y J. ciudad.jpg
O entras en la frutería y el que está delante de tí en la cola es un viejo conocido de tu tía, o vete tu a saber.
La pérdida del anonimato que conlleva el vivir en una ciudad manejable (sin embargo, una compañera de estudios en Madrid valoraba justo lo contrario: el anonimato de la macrourbe) también tiene su lado negativo. Hay veces que quieres desaparecer y justo te encuentras de frente a la persona que no querías ver.
Yo soy una persona poco saludona. Tengo amigas, me estoy acordando de una en concreto, muy saludonas. De esas que siempre tienen qué decirle a todo el mundo y terminan hablando más que tú con la persona que tú le acabas de presentar. Yo economizo mucho. Al teléfono soy la persona más parca del mundo.
También es verdad que no reaccionas igual con todo el mundo. Es muy distinto encontrate con alguien muy querido que con otro alguien no tan querido. Pero ese alguien no tan querido te para y te saluda, y te pregunta qué tal y tu le contestas que muy bien. Y te pregunta por tu familia y tu por la suya, aunque en tu fuero interno dudas si la tiene …. Normalmente, este tipos de diálogos se acaban después de varios «muy bien».
Aparte de estos contactos que dejan sabor a nada, una población de tamaño medio también facilita el multiencuentro. Es decir, que te topes de pronto con varias personas conocidas -queridas o no-, que, además, no se conocen entre sí. En estas circunstancias yo lo suelo pasar fatal porque trato de atender a todos y, como es imposible, me pasa como al malabarista al que se le caen todos los bolos.
(En la foto aérea de Fernando Ojeda, aspecto de Las Palmas de Gran Canaria. La bandera ya no está)

  1. ANTONIETA PATATETA
    | Responder

    magnífica vuelta a la tecla. A mí sólo me consuela el anonimato y los ratos con las musarañas en los macro desplazamientos. Por lo demás añoro saludar cual reina de Inglaterra por la calle.

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