Memeces

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Galicia está al borde de sufrir restricciones de agua y en octubre están a 30º, cuando hace tan solo unos años se llevaba jersey a la playa en agosto. Huracanes catastróficos y sequías que desecan continentes son dramáticas consecuencias del cambio climático y heraldos de males mayores, mientras la última de Trump es sacar a EEUU de la UNESCO y en lo doméstico los pensionistas se manifiestan porque les dan una miseria.

Estas y algunas otras menudencias están ocurriendo en el mundo, mientras España se estremece por una independencia interruptus, que va de moderna, pero que en el fondo no es más que una antigualla, una reliquia que huele a naftalina, una idea fuera de su tiempo y más propia de señores feudales que se dan de mandobles por un castillo que de una de las comunidades más prósperas y civilizadas del siglo XXI.

 

Enviamos artefactos a Marte, mientras millones de personas mueren de hambre, tienen que huir de sus países o malviven en infectos campos de refugiados. Toda la cultura, toda la música, todo el cine, toda la literatura está a un golpe de clic en mi teléfono, y en la tienda de la esquina me atiende un marroquí mientras un chino hace cola. ¿Nueva York? No, Las Palmas de Gran Canaria, barrio de Arenales: el mundo.

Me dice un amigo que se ríe de estas historias absurdas de las banderas y las patrias, que en su muro de Facebook tiene colgada una foto de la tierra vista desde fuera. Esa es la patria y la bandera, es lo que entiendo. Ni siquiera la “senyera europea” que enarboló Borrell durante el mejor discurso que he escuchado estos días.

El de Pep me ensanchó el alma, otros me dieron vergüenza ajena. Los que más: los de estos líderes que juegan a “El pequeño torturadito” , como si pudiera equipararse a quienes arriesgan la vida -sin metáforas- en estados totalitarios.

Se quejan de que les roban -extremo que es falso, por otra parte-, sus euritos, y cuando les oigo me acuerdo del avaro Fagin de Oliver Twist. ¿Hasta dónde hay que llegar con el reparto? ¿Aporta Barcelona más que Gerona? Pues que se separe, y después por barrios: que los de Pedralbes no querrán mezclarse.

Estas y otras memeces (anunciar un corralito -¡pero alma de cántaro!, que diría mi profesora de física- y el papelón de la firma del papelín) ilustran este movimiento que va de revolucionario pero pide fronteras en una tesitura en la que el cambio climático y otros desafíos exigen todo lo contrario. Dependemos tanto unos de otros en este planeta: hasta de los insectos.

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