Palabras sólo para escribir

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Hay palabras que me resisto a decir porque me cuesta pronunciarlas. Mi acento isleño hace que las zetas y las ces sean terrenos inhóspitos para mí.
Cuando hablo por teléfono con alguien de fuera de las Islas y tengo que decirle mi apellido -Arencibia-, me apresuro a deletrear no sólo la «b», sino también y mucho más la «c».
Esta dificultad es un límite. Dicen que uno no aprende realmente otro dioma hasta que no piensa en ese idioma extraño. Una lengua diferente a la tuya añade matices a tu forma de ver las cosas. Hay términos y expresiones que no se pueden traducir de una manera exacta.
Tuve una profesora de inglés inglesa que nos aseguraba que el diccionario era un «volcano» y al decirlo ponía cara de susto y hacía gestos con las manos inmitando una gran explosión. Se refería a que a+b puede no ser igual a c, -ésa misma que yo no sé pronunciar-.
Cuando me sorprendo eligiendo palabras para sortear problemas como «doblez» o «soez», pienso en la teacher del volcano y en que una palabra no es exactamente lo mismo que otra. Las palabras, como algunas personas a las que queremos, no tienen reemplazo.
Pero esos vocablos que no empleo al hablar porque «zetas» y «ces» me hacen buscar otros caminos, no se desperdician. Tienen su lugar en la punta de los dedos, allí donde empieza el teclado. No las digo, pero las escribo y las pronuncio en mi mente, donde soy libre de ataduras y la lengua me obedece.
En mi teclado distingo muy bien pozo de poso y pazo de paso. La confusión surge mayormente al hablar con peninsulares no acostumbrados al acentillo isleño. Sobre todo si es por teléfono.
Sin embargo, he de reconocer, pese a mis prevenciones, que entre nosotros. la verdad, nos entendemos estupendamente y sabemos muy bien si nos hemos ido de caza o nos hemos casado.

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