La intimidad de un sms

Acabo de enviar un sms: «Querido X tu artículo me ha emocionado …» Más o menos esto le he dicho a una persona a la que admiro y aprecio y a la que conozco desde hace ¡26 años!
Entre esa persona y yo hay una buena y larga relación, de esas reposadas por el tiempo. Una relación serena, diría.
Sin embargo, no creo que hubiera descolgado el teléfono para decirle cuánto me había emocionado su artículo. Seguramente por temor a importunar. Una llamada teléfonica es siempre una invasión, casi una impertinencia y a mí me da mucho pudor entrar en territorios privados.
Pero existe el sms. Para mí, uno de los más grandes inventos de la era tecnológica. El más modesto seguramente y el más barato también. Probablemente, el más utilizado, el más democrático y el que, quizás, más volumen de negocio proporcione. Céntimo a céntimo se hace un fortunón.
Tiene la virtud de la discreción, es humilde y no se impone. El receptor puede o no abrirlo, leerlo ahora o más adelante, responder o no; y borrarlo sin más.
Soy una devota de los detalles en todas sus amplísimas posibilidades y esos gestos pequeños que tanto dicen encuentran en el sms un vehículo perfecto.
Su sencillez va de la mano de su eficacia. A veces no nos damos cuenta de estas cosas, porque no nos paramos a pensar en ellas. Enseguida hacemos de la novedad una costumbre y parece que siempre fue así. Pero no está tan lejano el tiempo en el que no había más mensajes que los de papel y los post-it eran el no va más de la modernidad.
Eficacia, humildad, buen precio y también intimidad. Un sms camina entre dos y es tan privado que anima a decirnos cosas que tal vez nuca nos diríamos a viva voz por pudor, pereza o porque, total, para qué perder el tiempo en nimiedades.

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