Populares y frikis

A medida que vamos cumpliendo años, vamos colocando como medida de todo la etapa en la que nos encontramos. Es decir, si estamos en el colegio, pensamos que todo lo demás es accesorio: los mayores están para darnos clases, ser nuestros padres, tíos, abuelos o meros figurantes de la vida que transcurre en el exterior de la nuestra. Si somos estudiantes universitarios, no hay nada más trascendental que los exámenes parciales o la fiesta de sutanito; si nos enfrentamos a nuestro primer empleo, idem de idem y así sucesivamente, etapa tras etapa.
Este relativismo prêt-à-porter que saco a la palestra me lo sugirió una conversación que tuve el sábado por la noche con una amiga esencial. Hablamos de los hijos, un tema muy habitual en esta etapa de nuestras vidas, -que, por cierto, caminan codo a codo desde el paleolítico-, en la que ambas somos madres ya de cuasi adolescentes.
Yo soy bastante más impaciente, mientras que ella se detiene más en las cosas. Así descubre asuntos que a mí me pasan desapercibidos y que un día, como ocurrió este sábado, me cuenta y yo tomo como el no va más de la sabiduría.
Mi amiga me habló de frikis y populares, unos términos que al parecer se emplean en algunos sectores juveniles para describir a los que en otra época serían los chachis de la pandilla y los otros. No recuerdo qué término se utilizaba para los que ocupaban el lado negativo de la clasificación, si es que se usaba alguno en mis tiempos.
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Me pasa lo que a muchos, como estoy en otra etapa -soy adulta-, me fijo en lo mío y olvido lo importantes que fueron en otra época los asuntos del colegio. Las notas, los amigos, la ropa, la imagen… Cuando mi amiga me habló de este asunto de frikis y populares, pensé inmediatamente en que se trataba de una contaminación más producida por las series de televisión estadounidenses. De ésas que se deben de comprar al peso en las ferias internacionales. Va el representante de una cadena a un mostrador y pide cuarto y mitad de adolescentes pijas o de familia requeteestupenda con fox terrier de pelo duro y vecina que use peluca.
Eso pensé, que era una contaminación, y puede que sí lo sea en los términos y en la importancia que parece que se le da al asunto en determinados ambientes. A juzgar por ciertas películas de EEUU, en los institutos de ese país no se hace otra cosa.
Mi primera reacción fue lamentar que copiáramos una moda tan poco edificante y la segunda, preocuparme por mi ignorancia en asuntos que pudieran ser muy importantes para mis hijas, para mis sobrinos o para otros niños amigos de aquéllas o de éstos o hijos de amigos, a los que conozco desde que nacieron y quiero casi tanto como a los primeros.
El fenómeno no es nuevo. No nos van a enseñar los americanos ahora a ser crueles con un compañero de clase porque lleva gafas o a idolatrar a otro porque tiene un flequillo como el de Zac Efron (el Leif Garret de los 70, mira aquí el antes y después). Crueles e insustanciales ya los había aquí mucho antes de que se vendieran las series al peso. A la mayoría se nos pasa cuando cambiamos de etapa; el problema son los que siguen igual, con las clasificaciones.
(La foto es de Clarita/Morguefile)

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