Un recuerdo indeleble

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Algunas veces, cuando viajo a un país distinto del mío, a otra comunidad autónoma o a una ciudad diferente incluso, queda dentro de mí un sentimiento de lealtad. Es como si me quedara enganchada en el sentido físico del verbo, como si un hilo invisible con una alfiler doblada en su extremo me mantuviera por siempre sujeta al lugar visitado.
Cuando ha ocurrido esto con un territorio -pongamos Roma, que es bastante reciente -, pido silencio a mi alrededor cuando la tele o la radio hablan de él, y leo con detenimiento cualquier noticia que aparezca en el periódico sobre el sitio en cuestión. La receta de un plato que comí allí, un libro, una película … cobran un atractivo que antes del viaje no tenían.
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Desde luego que esto no me pasa con todos los sitios, hay enganches y enganches. Algunos son de hilo de hilvanar que se degrada y desaparece con el tiempo y otros son de buen acero. De este último material es el lazo que me echó la India hace ya muchos años. Estuve allí en el verano de 1990. Lo recuerdo bien porque hicimos escala en el aeropuerto de Kuwait el 1 de agosto, justo un día antes de que el emirato fuera invadido por Iraq y se desencadenara la guerra del Golfo. Por un día no quedamos atrapados. Es fácil acordarse de la fecha.
Guardo lealtad a India y Nepal desde entonces y han pasado una partida de años, pero el gancho que me echaron es de muy buen material y aún sigue clavado. Hice el viaje con un amigo al estilo mochilero sin más planificación que los aviones de ida y vuelta, y con unos 30 días para recorrer aquel extraordinario país y a su vecino nepalí.
Mantengo mi afecto por estos lugares, el interés, y recuerdos vivísimos, como la insistencia de aquel limpiador de orejas -sí, limpiador de orejas- ambulante, en la ciudad de Deli. Su única herramienta de trabajo era un palito del tamaño de los que se usan para hacer pinchitos morunos, un poco más grueso y con una especie de torunda en la punta de color gris marengo cachumbo. Con semejante artefacto aquel hombre se ganaba la vida en la capital de India, limpiando orejas en la calle.
No limpió las mías, pero nunca lo olvidé. Ni a ése ni a otras muchas personas. Recuerdo a un joven, casi un niño, al que conocimos en una estación del ferrocarril. Se arrastraba por el polvoriento suelo pidiendo limosna. Un tren le había cercenado las dos piernas a la altura de los muslos y esta desgracia le había convertido en sostenedor de su familia. Ganaba más dinero que su padre. Era un tío guapote y muy espabilado con el que fue un placer compartir un trayecto en tren. Después de pedir por los vagones, vino al nuestro, hasta que lo echó un revisor. Un mendigo no podía estar en primera clase.
Guardo mil y una anécdotas de aquel viaje y el conocer las historias de muchas de las personas con las que nos tropezamos hace que no lea con indiferencia noticias como ésta . Esta nueva desgracia me ha hecho ver que el lazo de acero que me une a la India sigue en magnífico estado.
(La foto es de Singhajaykr25 /Morguefile)

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