«Con la paguita soy feliz»

Publicado en: miscelanea 0

Acabo de tener un encuentro delicioso. Al aparcar el coche en el polígono donde trabajo, me fijé en una mujer delgada, bajita y con la cara llena de arrugas -como si se hubiera pasado la vida en la mar-, que esperaba la guagua con varias bolsas de la compra en las manos.
Me fijé en ella porque se notaba que las bolsas le pesaban y también por sus zapatos. Miro mucho los zapatos de la gente. Los de ella eran unas bailarinas de dos colores nuevecitas, que lucían con ese resplandor que sólo tiene el calzado ultrabarato.
Me bajé del coche y, al pasar a su lado, me preguntó por la guagua. Le dije que no tenía ni idea, pero aproveché la coyuntura para aliviar mi curiosidad.
Me explicó que vivía en un barrio de la ciudad alta y que aún así le merecía la pena venir a comprar a una de las tiendas de congelados que hay en este polígono. Croquetas, «merlucita limpita», sama y algunas cosas más… ¡por 15 euros!.
Le dije que le preguntaba tanto porque trabajaba en un periódico y quería hablar de ese truco suyo de venir a comprar tan lejos, y me dijo que, desde luego, que lo contara, que a ella le valía la pena.
Fulanita, que ni el nombre le pregunté para no abusar de su candidez, cobra 350 euros de una paga no contributiva y también recibe 50 de su exmarido.
«50 euros, yo no sé qué divorcio fue ése, pero eso no lo ponga porque se acaba en un par de meses», comentó.
Me contó que tenía un piso en otro polígono y que había venido a comprar pescado porque tenía ganas de «un caldito».
Le pregunté si era feliz y me dijo que sí. «Más que nunca», me confesó. «Yo sola con la paguita soy feliz».

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