Más larga que la vida

Publicado en: emigracion 3

Hay un prototipo de padre/madre que en su versión más pura y, si me coge desguarnecida, es capaz de hacerme sentir inferior. El complejo es momentáneo, pero he de reconocer que existe y que es como esa piedra con la que siempre se vuelve a tropezar.
El prototipo se caracteriza por su perfección… bueno, más bien por su creencia en que esto es así. Es ese joven de gafas con el que intercambias unas frases en la puerta de la guardería a la hora de recoger a los niños y que, mientras tu le cuentas que tu hija ha empezado a hablar, él te suelta que al suyo lo lleva ahora a clase de chino mandarín.
Ayer por la mañana charlaba con una vecina sobre lo distinta que había sido nuestra infancia. Ella, que es abuela y está jubilada, recordaba unos cuentos que costaban 15 pesetas. Los compraba con mucho sacrificio porque sólo le daban medio duro a la semana y tardaba meses en reunir lo necesario. Me habló de las muñecas recortables, de los juegos con otros niños en la calle y me citó el último libro de Ana María Matute, que me ha recomendado varias veces y en el que la escritora aventura que «tal vez la infancia es más larga que la vida».
Hoy hay niños que carecen de tiempo porque son víctimas del miedo de sus padres a que lo pierdan y no esten preparados cuando llegue el futuro, que siempre viene corriendo. Tenis, idiomas, baloncesto, ballet, logaritmos neperianos, pintura, solfeo, baile de salón, esgrima … Hay progenitores presas de un afán desmedido por sacar partido a sus pipiolos. Que hagan todo lo que ellos no pudieron hacer. En algunos casos, el síndrome es tan agudo que juraría que la deuda que pagan los niños es la de los padres, pero también la de los abuelos, bisabuelos, tatarabuelos y algunas generaciones más hasta casi rozar el medievo.
El prototipo puro de esta especie se siente autor de la famlia perfecta y cuando alardea de ello sólo falta que suene de fondo la melodía de La tribu de los Brady para que todo sea estupendo.
Ayer tuve un corto encuentro con un hombre que aunque no representa al prototipo puro del que hablaba, sí que se le acerca. Me soltó la fanfarronada habitual sobre sus hijos y yo le escuché con educación. Pero mientras me hablaba me acordé de los niños ahogados de Teguise, pensé en lo que dice la Matute sobre la infancia y me prometí que nunca más daría importancia a cosas que no la tienen.

3 Comentarios

  1. Sergio N.
    | Responder

    Yo, como soy asín, le doy mucha, pero que mucha importancia a gente como Jon Sobrino, a lo que diga, a cómo vive, a cómo enfoca las cosas… Por esa razón, leo ávidamente el reportaje con entrevista que alguien firma R.R. desde Santa Cruz de Tenerife y se inserta en la pasada edición dominical.
    Cuando se pone en boca del ilustre jesuita la expresión: «¡Hay Dios mío!», ¿estamos demostrando el magnífico nivel ortográfico que cada día es más evidente en los periódicos? ¿O es que uno de los compañeros de Ellacuría intenta rebatir las discusiones que primero fueron universitarias, después enciclopédicas y últimamente pintadas en guaguas?
    ¿No se les podría pedir un pizquillo de atención a lo que se escribe, o un curso de Radio Ecca como acompañamiento a los flamantes títulos del currículo? Sí, ya sé que cualquiera mete la pata, pero leñe, una como esa…
    (Este que te saluda es uno del 65 que no se podía permitir el lujo de escribir con faltas en la escuela. Te suspendían y todo.)

  2. Sergio N: Dicen que hasta el mejor escribiente hace un borrón y aquí tienes uno. ¿Qué quieres que te diga? Que tienes razón. Y además apúntame a mí en la lista de suspendidas porque yo leí la entrevista de Sobrino antes de que fuera publicada y no me di cuenta. Lo siento, qué te voy a decir. Saludos y gracias por leernos a pesar de esa falta de ortografía.

  3. Desde hace tiempo vengo dando.. Nifty 🙂

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