Regreso a Las Nieves

He estado este fin de semana en Agaete. La invitación de una querida amiga a la fiesta de cumpleaños sorpresa de su pareja, nos proporcionó la excusa para quedarnos en el puerto de Las Nieves, un lugar para mí ligado a la infancia.
Pasé los primeros veranos de mi vida en el puerto de Las Nieves. En aquellos tiempos creo que sólo había una tienda, no existían los apartamentos que ahora lo rodean y, desde luego, no había hoteles. Tampoco el dique que ahora cerca la playa de callaos, ni las cincuenta terrazas y restaurantes, ni farmacia, ni parking ni ese paseo tan largo. Mi madre compraba pescado para el almuerzo a los marineros a pie de barca y luego nos mandaba a nosotros a los charcos secos de la playa de rocas, a recoger sal para cocinarlo.
Pasábamos el día entre las plataneras y la playa y al final del verano, cuando nos sentábamos por la noche a oír hablar a las pardelas, sólo se nos distinguía por el blanco de los ojos de puro moreno.
Para llegar a Agaete hacia principios de los 70, no había más camino que la cuesta de Silva y se pasaba junto al Cenobio de Valerón, porque aún no se habían construido los puentes que salvan los precipicios. Así que llegar a Agaete era poco menos que una odisea. Mi padre nos metía todos en el peugeot de siete plazas y tapicería de skay rojo cargado de bártulos y nos poníamos en marcha. Era como un viaje a otro mundo.
Hace muchos años que ese otro mundo está al alcance de la mano y en Las Nieves hay hasta una pizzería, pero no ha perdido del todo su encanto. En la mañana del domingo apenas éramos 30 personas en la playa, el agua estaba tan rica que la hubiera masticado y en el fondo, los mismos gueldes y cabosos de entonces. Después está el paisanaje. Siempre he pensado que la gente de Agaete tiene mucha personalidad; y la de Las Nieves, más.
Con el recorte de las distancias todo se mezcla. En esta globalización a escala insular, hay lugares que mantienen el tipo. Las Nieves, a duras penas, es uno de ellos..
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(El título de la foto es «Barquillas en las Nieves». Su autor es Julián Hernández Gil, está fechada entre 1965 y 1970 y pertenece al archivo de la Fedac)
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