Ni siquiera en rebajas

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No me gusta nada ir de compras. A no ser que vaya a tiro hecho, que ya sepa de antemano que quiero comprar unos calcetines verdes, mis incursiones en tiendas y grandes almacenes suelen ser desalentadoras.


Mis amigas lo saben. Tengo fama de ser poco activa en la renovación del vestuario. Mientras ellas van siempre con una temporada de adelanto, yo suelo ir con dos o tres de retardo. Vamos, que cuando ellas iban por el pantalón a la cadera, yo poco menos que seguía con las hombreras de los 80.
De vez en cuando, esos días en que la panza de burro abandona la ciudad y me siento revivir o llevo una racha buena de hacer deporte y me creo delgada y tersa como una dolescente, me propongo dar un giro copernicano a mi insulso armario y empezar a paliar con afeites lo que el tiempo me va robando.
La ilusión me dura horas, justo lo que tardo desde que aparece hasta que llego al establecimiento elegido para hacer gasto. No sé qué tiene mi cuerpo que no hay talla oportuna, o estoy flaca o estoy gorda -más bien lo segundo- y , vaya por Dios, lo que usted quiere se acaba de agotar.
maleta.jpgHay probadores que parece que están hechos para precipitarte en la desesperanza. He llegado a pensar que se trata de espejos trucados como los del callejón del gato del que hablaba Valle Inclán. Pero la ciencia y la experiencia me han convencido de que trucados deben estar los otros, el de mi casa y el del ascensor, que los del probador son sinceros por la cuenta que les trae. No vayan a convencerte de que el ropaje en cuestión te convierte en prima de Elle McPherson y tu te lo creas.
Hoy aproveché al mediodía para darme una vueltecilla por un gran almacén para ver si mi sino cambiaba. Inasequible al desaliento, subí con mi cochecito por los vericuetos del parking con la ilusión de hacerme con un vestuario de infarto con apenas unos eurillos.
Ya, nada más levantar el pie derecho para cruzar el dintel de la tienda, la inseguridad empezó a anudar mi estómago. Presentía que iba a fracasar de nuevo. Para evitar distracciones y -tal vez también- posponer lo inevitable, decidí comer primero. Me senté a la barra pensando en algo económico. Tomé una tapa de ensaladilla, croquetas de jamón y media botella de agua con gas fría. Doce euritos del ala, las dos mil pesetas de antes por dos tapas y dos vasos de agua con gas. El precio me pareció excesivo porque la ensaladilla era de las que se hacen con una bolsa de verdura congelada y las croquetas, densas como la cera de depilar cuando se enfría.
Incapaz de inventar más dilaciones, me metí en faena y después de hora y media de desconcierto volví al trabajo con un polo más bien birrioso pero barato, un pantalón carísimo que seguramente no me pondré mucho y un bikini que no sé, no sé ….
(Foto: Jzoleck/Morguefile)

3 Comentarios

  1. Cuinpar
    | Responder

    Pues por lo visto andaba de rebajas todo menos la comida, ¿no?
    No sabes cómo me he identificado con este post, sobre todo con lo de llevar un par de temporadas de retraso. Pero mira, ahora lo que está de moda es lo retro, así que con un poco de suerte, si seguimos con nuestro vestuario habitual durante un par de años y la moda sigue cambiando cada seis meses, dentro de poco estará de moda lo que llevamos ahora y conseguiremos, por fin, estar a la última.
    Chos, qué mal lo expliqué todo, no?
    Beso,

  2. Ángeles Arencibia
    | Responder

    Cuinpar: A mí ya me pasó eso y ya me volví a quedar atrás. Ja, ja

  3. antonieta patateta
    | Responder

    ¡qué bien te conocozco! cómprate una cajita de biomanán y al bolso, yo estoy en ello, aunque no bajo de la 44.
    No sé si me gusta más leerte cuando me haces llorar o cuando me haces reir.
    besos

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