Los elásticos infinitos de mi abuela Paulina

Mi abuela materna, que nació en 1905 y con la que viví algunos de los mejores momentos de mi primera infancia, trajo entre su equipaje, cuando se trasladó a Gran Canaria desde una ciudad de la Península, una talega de tela con elásticos y un rimero de pequeñas bolsas de celofán, plegadas como los cartuchos de papel marrón.
Ella y mi abuelo cambiaron de ciudad cuando su hija, mi madre, se casó con un canario, mi padre. Como era hija única, cerraron el comercio que regentaban desde antes de la guerra, empaquetaron su vida y se embarcaron para las Canarias. Esto debió ocurrir hacia mediados de los 60.
Las bolsitas de celofán y los elásticos procedían de la tienda, donde se usaban para hacer paquetes. Esto lo entendí muchos años después, a esa edad en la que logras atar cabos y reconstruir las historias de tu familia a base de encajar recortes de muchas conversaciones deslabazadas inconexas.
Pero, para mí entonces, el origen de los elásticos era un enigma. Sólo sabía que procedían del fondo del inmenso armario de mi abuela, que estaban en una talega de tela gris y que nunca se acababan. Podía pedir los que necesitara, pero nunca malgastarlos ni dejarlos por ahí tirados.
Las bolsitas tenían el tamaño perfecto para la merienda que me daban para la guardería -entonces jardín de infancia-. Dos o tres galletas María y un trozo de chocolate Tirma.
Mi abuela vivió la guerra civil en una de las ciudades más castigadas por el conflicto. Quizás por eso, porque sabía lo que era una crisis, metió en su equipaje los elásticos y las bolsitas, pese a que era el traslado de una casa entera y a que se jubilaban sin apuros económicos.
Seguramente lo hizo porque no entendía que hubiera sido de otra manera. ¿Cómo iba a tirarlos si eran útiles?
He recordado esta vieja historia a la vuelta de las vacaciones. Cuando, tras unos días de aislamiento de la realidad, me he dado un cabezazo con la crisis, que galopa como uno de los cuatro jinetes del Apocalipsis. Y he pensado en cuántos de los antiguos hábitos es preciso recuperar.
(Los elásticos de mi abuela eran más finitos y los colores no eran tan brillantes, pero eran algo así)

Photo credit: duboix from morguefile.com

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