A matar dragones por la plaza

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Esta mañana he llevado a mi hija pequeña -tiene ocho años- al cumpleaños de una compañera de clase. Se celebró en uno de esos locales hechos a medida para fiestas infantiles, propiedad de una empresa muy conocida a la que debe de irle muy bien, porque es el tercer establecimiento que le conozco y siempre el nuevo es más chiripitifláutico que el anterior.


Sólo la decoración de este tipo de sitios sería un sueño para un niño de mi generación (nací en 1965). ¡Qué, un sueño! Sería el espacio exterior, la repera, la repanocha, el acabose …
El que visité esta mañana tenía, nada más entrar, torres y almenas de castillo medieval en lo alto y una decena, quiza más, de mesitas alargadas de colores para las meriendas. Después, camas elásticas, toboganes, discoteca, y yo qué sé cuántas atracciones más.
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La mayor, que tiene once años, fue hace unos días a la fiesta de uno de sus mejores amigos, compañero desde los lejanos tiempos de la guardería. Ésta se celebró en un local similar, pero especializado en niños de esa edad, según creí entender a una de las madres. La niña me contó que había wifi, playstation, un toro mecánico, bolera y otras cosas que ya no retuve. El paraíso, y encima con los amigos del cole.
Antes del cumpleaños de esta mañana fui a comprar el regalito. Estuve en una tienda de Las Palmas de Gran Canaria, donde ya mi madre compraba juguetes a mi hermana pequeña. Es un clásico que a fuerza de mantener una línea muy personal, ha sobrevivido a los embates de los centros comerciales y las multinacionales de la juguetería.
Siempre que entro en esa tienda me pierdo. No es que gaste más de lo que tenía pensado -los precios son razonables, es lo que hay-, es que me pierdo por sus estantes de tanto que me gustan sus juguetes. Los artículos suelen ser muy originales: hoy tenían coronas, escudos, cascos, espadas y otros adminículos para disfrazarse de caballero andante, confeccionados con una especie de goma espuma y con unos colores y dibujos, que ya me hubiera gustado a mí tener siete años y salir en ese mismo instante por la plaza de la Feria pa’lante a matar dragones.
Los niños de ahora -los de nuestra mundo- tienen mucha vida social, van a cumpleaños, al teatro, a cursos, clinics, fiestas de pijama … Y yo supongo que todo esto, en su justo término, debe ser bueno, porque es la infancia soñada por otras generaciones. Quizás se lo damos porque es lo que nosotros hubiéramos querido tener y ahora lo conseguimos a través de ellos; o porque no podemos hacer otra cosa.
No suelo decirle a mis hijas eso de «ay, si lo hubiera tenido a tu edad», ni nada por el estilo, pero me hace gracia ver su reacción cuando -porque sale el tema o me lo preguntan-, les cuento cosas como que cuando yo era niña la tele era en blanco y negro y había un sólo canal. Hoy la mayor me ha dicho: «Imagínate mami lo que sería vivir sin móvil». La verdad es que la niña tiene razón, ya una ni se lo imagina.

Este blanco y negro con Fofó es la infancia de mi generación. Hay otras. Como la de un amigo mío que cuando era niño tenía un sólo juguete. Era una camioneta hecha de madera que siempre desaparecía misteriosamente cuando se iba acercando el día de Reyes. El 6 de enero por la mañana volvía a aparecer, reluciente gracias a una nueva mano de pintura. Y así año tras años, unos cuantos.
(Foto: Pareja de Pitufos. Kingofcoleslaw/ Morguefile)

4 Comentarios

  1. carmela
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    coincidencia, ayer celebré el cumpleaños de mi hija en uno de esos mega fashion lugares para los niños, que los hacen muy felices (y a nosotros los padres también). Ellos tienen lo último de lo último y encima lo comparten con sus amiguitos, y, nosotros los padres un lugar cómodo dónde celebrarlo sin jaleos ni «efectos secundarios». Ayer ví hasta una celebración de primera comunión en el local. Pero, efectivamente, nuestro círculo social te encamina hasta este tipo de eventos del todo innecesario y tan necesario a la vez. No obstante, yo sigo adorando las reuniones en casa (aunque después venga el trabajo de recoger y demás), ese previo de compras, de preparaciones, la interminable fiesta dónde los niños, por un lado, hacen de las suyas, los adultos, por otro, nos reunimos para hacer balance de nuestras vidas desde la última reunión,… Eso, el contacto social que suponen las fiestas, se está perdiendo.
    Por otro lado, lo que nos cuentas de nuestras infancias, es cierto. Antes con un juguete eramos los niños más felices del planeta. Nuestros padres se pasaban gran parte del año ahorrando para que los Reyes Magos nos trajeran aquello que deseábamos (pero era sólo una cosa). Yo recuerdo, incluso, que un año me trajeron un patinete, a compartir con mis dos hermanos, pero que feliz… Hoy en día, los niños reciben decenas de regalos, que van abriendo uno a uno, y, conformen lo abren lo ponen a un lado y abren otro, sin prestarle casi atención. No lo estamos haciendo bien, ya lo sé, pero es complicado salirte de esta especie de círculo vicioso que es el consumismo, y al que, sin darnos cuentas, vamos insertando a nuestros hijos…

  2. Ángeles Arencibia
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    Carmela, después de publicar «A matar dragones», me dí cuenta que había sido bastante restrictiva. Esa situacion de fiestas y tal la viven una parte de los niños, no todos. Que hay muchos que no pueden, porque a sus madres no les llega. Por otro lado, tienes razón en lo de las fiestas como las de antes, pero ¿quién tiene una casa como la de antes para reunir a un grupo de gente? La mía desde luego no vale para eso. Un saludo.

  3. carmela
    | Responder

    sí, Angela, efectivamente no todos los niños pueden acceder, pero sí es cierto que hoy en día la gran mayoría tiene un teléfono móvil a la última, el mp4, la ps3 y la wii. No olvides el boom de la wii, que hasta los Reyes Magos tuvieron problemas de abastecimiento. No es precisamente la familia que menos puede la que menos tiene. Por mi trabajo puedo asegurarte que, sin llegar a generalizar, el que menos puede es el que mas tiene. Que te quiero decir?, pues sencillamente, la tan cacareada crisis es motivada porque la gente gasta sin medida. No llegan a final de mes pero tienen todos los «cacharros» inventados en casa a disposición de sus vástagos.
    Volviendo al tema de las fiestas, realmente no todos pueden acceder, pero al final no resulta tan caro, a la vez que te facilita un lugar adecuado para albergar a tanta chiquillería, pues por poco que hagas en casa, te sale un pico y, si además no hay espacio, después hay que limpiar, recoger, etc, bueno, que sale a cuenta.

  4. Ángeles Arencibia
    | Responder

    Carmela.. Si ganas 100, gasta 99… es una fórmula para evitar sofocos económicos. ¿No te parece?

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